La Cocinera Políglota
Relatos y comentarios sobre lo que acontece en la vida de esta bitacorera.
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PITIUSA

 

Aunque esperaban su llegada para fin de año, Lucía, menuda y preciosa, nació en Ibiza un lluvioso trece de Diciembre (eligiendo por tal motivo este nombre para ella), en una acogedora casa de color blanco, entre calas y acantilados, frente a un bello islote poblado de pinos, almendros y con hermosas puestas de sol. De carácter meloso y  simpatía arrolladora, siempre tuvo una salud frágil y un corazón débil.

Fue en su adolescencia, al quedar huérfana, cuando se trasladó a vivir con unos acomodados tíos suyos a un pueblo granadino, donde echaba de menos el sonido de las olas tanto como a sus propios padres, pero que poseía la belleza y el embrujo capaz de cautivar a cualquier visitante. Fue allí donde a Lucía, menuda y preciosa, de ondulada melena rubia, olor a jazmín y mirada azul turquesa como el mar que había dejado atrás, comenzaron a llamarla cariñosamente "Pitiusa", recordando así la isla de donde procedía.

Conoció a Bruno, un apuesto forastero de tez morena y rizados cabellos negros que casi le duplicaba la edad. Poco a poco se fueron enamorando hasta llegar a quererse perdidamente. Ella esperaba su visita cada atardecer y Bruno la obsequiaba cada día con una flor o con un verso. 

“He llorado de deseo,

He imaginado tu olor,

La intensidad de tu abrazo,

El susurro de tu voz.”

 

Así decía el que le regaló por su dieciocho cumpleaños. Lucía, menuda y preciosa, soñaba durante la ausencia de su amado cómo serían los hijos que tendrían, o qué nombres elegirían para ellos.

-¡Qué noche tan triste! -le comentó Bruno la última vez que la visitó, marchándose calle abajo, sin darle más explicaciones. Ella esperó en vano a su único y gran amor día y noche durante una semana, sentada en su mecedora, ataviada con un vestido blanco de lino, mirando hacia la puerta por donde él siempre entraba con una flor o con un poema que regalarle. Lucía, menuda y preciosa, languideció de tal manera que su débil corazón dejó de latir una tarde y su mecedora quedó al fin inmóvil. Sobre sus piernas yacía una rosa marchita, la última con la que había sido obsequiada.   

Dicen que lo veían paseando con una chica alta y desgarbada, recién llegada al pueblo. También dicen quienes lo vieron años más tarde que la melancolía se apoderó de él y que ya nunca más volvió a sonreír.

 

21:13 | Toñi Flamil | 0 Comentarios | #

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